| El entró en el segundo tiempo, optimista, como siempre.
Con ese paso cansino, caballuno, que siempre consigue que uno desconfíe, que nos hace pensar: “pero este, con esa pinta de animal...”
A los pocos minutos, metió la cabeza y un defensor peruano casi le vuela la nariz de una patada.
El, este hombre que parece pensar en goles como Júpiter esgrimía rayos y Neptuno comandaba delfines, se puso un algodón y siguió respirando por el otro agujerito, el que le quedaba, sin perder el optimismo.
Argentina hizo el primero sin su ayuda. Fue como si su solo influjo, su presencia cercana, le despertara una chispa a ese otro pibe con un inmenso futuro, Higuaín.
Pero después el equipo se quedó. Volvió a desmayar en la indolencia.
La gente empezó a reclamar huevos, la puta que lo parió.
Y llovía. Diluviaba. Con un viento fuerte. Por televisión ya casi no se veía el partido.
Todos queríamos que terminara.
Pero no. Hubo un corner, y una serie de tropezones, y una jugada imposible, y Perú que mete el gol del empate, y la desgracia que se nos viene encima.
“Todavía no terminó el partido”, dijo alguien. El pesimismo nacional se hizo grande como el estadio de River.
Menos para uno, claro.
Y vino esa jugada. Insúa que mete el zapatazo buscando el arco. La pelota que rebota, que parece nadar en el agua.
La pelota navega hacia el navío del optimismo que es el botín de Palermo.
Y Palermo la mete, sí, la mete en ese arco maldito, de esa cancha maldita, en este maldito día de truenos, rayos, centellas, y mares alborotados y apocalípticos.
Yo quiero hablar de ese hombre, que salió con su paso caballuno, se arrancó la camiseta, se besó el tatuaje, y levantó los brazos como Neptuno nadando en el mar de los optimistas.
Este hombre está tocado por los dioses.
No lo piensen más, no vale la pena razonar, ni seguir esperando la magia de Messi, ni proseguir con el culto a los chiquitos habilidosos de este fútbol argentino enano y sin ideas.
Hay que hablar de Palermo, de la metafísica del gol, de la abstracción suprema del fútbol, esa que consigue meter pelotas en los arcos gracias a una filosofía de vida, a una convicción inalterable, a un espíritu armonioso metido en un cuerpo de apariencia tosca y movimientos torpes.
Hay que hablar de ese goleador metafísico, trascendente.
Porque ahora descubrimos que es el que mejor piensa.
Todo el tiempo, toda su vida, ha pensado en el gol. |